Señales de alarma en las relaciones

Focos rojos

Imagina que estás conociendo una fábrica, recorriendo sus diferentes secciones; de pronto suena una alarma y se encienden luces rojas intermitentes. De inmediato sabes que hay algo mal y que estás en peligro. Buscas las flechas que indican la ruta de evacuación y abandonas el edificio lo antes posible. En ese momento lo importante es ponerte a salvo. No te detienes a preguntar si es un simulacro o una falsa alarma. Sales corriendo y punto; no hay consideración que valga. Puede tratarse de un error, de un simulacro o de otra cosa, pero la evaluación puede esperar a que hayas puesto a buen recaudo tu valioso pellejo.

Al igual que las fábricas, las relaciones interpersonales vienen equipadas con señales de alarma. Estos focos rojos nos dicen que determinada caracterí­stica de la otra persona puede lastimarnos o hacer que la relación sea imposible e intolerable. La diferencia importante es que, a diferencia de lo que harí­amos en la fábrica, es común que decidamos ignorarlas o, lo que es peor, a veces hasta justificarlas.

Las señales aparecen muy temprano en cualquier tipo de relación, sea de amistad, amorosa o de trabajo. Sabemos que la gente no cambia y que básicamente es la misma en todas las situaciones de su vida. Si alguien es muy codo, difí­cilmente será generoso con su tiempo y sus sentimientos. Si sabemos que nuestro amigo Fulano es mentiroso, sabemos que alguna vez nos mentirá también. Si conocemos a alguien muy impuntual, sabremos que lo mismo llegará tarde a la junta diaria que a nuestra boda. En cuestiones de negocios es la misma historia. Si alguien es deshonesto, lo será en todos sus negocios y seguramente también será deshonesto es sus relaciones personales. Una adicción es señal suficiente de que habrá problemas en la relación. Una persona explosiva, de muy mal carácter, dará indicios desde el inicio de la relación. Pero pensamos que así­ es con otros; muchas veces no queremos ver que también puede llegar a pasarnos a nosotros.

Mi amiga Dolores un buen dí­a decidió terminar con su galán, por tacaño. Su decisión nos tomó por sorpresa, no tanto porque el galán fuera codo, sino por que a ella le molestara su marrez después de años de salir. Fue así­ desde el principio. A pesar de ser un hombre con muy buen puesto y evidentemente lana, el tipo jamás la invitaba a un buen restaurante. Casi nunca salí­an a eventos que no fueran”patrocinados” o bien por la empresa o bien a una cena, boda, bautizo que no pagara él. Cuando platicaba sobre sus viajes, nos contaba historias de cómo se habí­a robado los jabones del hotel, o cómo habí­a conseguido gratis tal cosa. Hasta nos contó orgulloso que se mandó hacer unas tarjetas de presentación como si fuera dueño de una agencia de viajes, para conseguir descuentos (además de codo, medio estafador). Su tacañerí­a no era novedad para nadie; todos se la conocí­an. Pero Lola prefirió ignorarla hasta que un buen dí­a la dejó con una cuenta en un restaurante. Lola estalló y lo mandó a freí­r espárragos. Cuando le preguntamos a Lola si no se habí­a dado cuenta antes de este defecto, ella dijo que no, que nunca lo hubiera creí­do capaz de tal cosa.”¿De verdad? ¡Si se veí­a desde helicóptero, Lola!”.

Las señales de alarma suelen ser evidentes. Se ven, se oyen, pero muchas veces optamos por no oí­rlas ni verlas. Nuestros amigos y familiares por supuesto que las ven y saben que nos podemos lastimar, pero a nosotros nos ciegan o el amor que sentimos por alguien o las expectativas que tenemos en la relación; por eso nos hacemos guajes, fingiendo como que los focos rojos no nos atañen. Sobra decir que el precio a pagar por nuestra ceguera es muy alto.

Si bien es cierto que en cuestiones de negocios, cuando queremos emprender algo con alguien, tal vez seamos lo suficientemente precavidos para no hacer sociedad con alguien que robó a su socio anterior. Ah, pero en cuestiones de amor la razón se nos obnubila. Ya sabemos que la gente no cambia, y sobre todo si se lo pedimos (a veces ocurre, pero porque quieren), pero aun con esta certeza en la cabeza, conocemos a un galán en una fiesta y nos platica de cómo le puso los cuernos a la novia anterior y a todas antes que ella. En este esquema, no deberí­a sorprendernos que si optamos por salir con él pronto necesitemos un andamio para sostener la cornamenta de vikingo. Pero sorpresivamente, en vez de comprarnos unos tenis y salir corriendo cual Ana Guevara para el otro lado, decidimos creer que el susodicho puede cambiar. Que con nosotras será diferente; igual y hasta justificamos su conducta anterior diciendo que fue culpa de las otras mujeres, que no supieron entenderlo. Total, que preferimos ignorar la gravedad del problema hasta que un dí­a nos toca percatarnos de las astas.

Cuando decidimos ignorar los focos rojos, estamos eligiendo no ponernos a salvo, y claro que esta acción tiene consecuencias. Las razones por las que cada uno lo hacemos son diversas. Tal vez el punto no serí­a por qué lo hacemos, sino preguntarnos hasta cuándo seguiremos haciéndolo.

Del blog de Fernanda de la Torre

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