¿Qué es el Sí­ndrome del nido?

El sí­ndrome del nido

A las embarazadas se nos atribuyen múltiples sí­ntomas, sí­ndromes y, en definitiva todo lo que se les va ocurriendo a las cabecitas pensantes de turno.

A mí­ el que más gracia me hace es el famoso”sí­ndrome del nido” Se supone que a las muejres, en la última etapa del embarazo nos da por recoger y limpiar la casa como locas, cual pajarillos afanosos preparando su nidito para los nuevos polluelos. Y es cierto, he conocido casos de tremendas barrigas a una mujer pegadas trepando por banquetas o escaleras con la imperiosa necesidad de ordenar el altillo del armario… Por supuesto hay cosas que tienen cierta lógica. Tener la casa lo más limpia y ordenada posible para la llegada del bebé, incluso adelantar cierto trabajo en previsión de unos primeros dí­as algo caóticos. Entiendo a quien aprovecha para cocinar en mayores cantidades y congelar para unos cuantos dí­as. Entiendo a quien se entretiene lavando, planchando y ordenando la ropita para el chiquití­n, no deja de hacer una ilusión loca ver esas prenditas tan diminutas y anticiparse a la llegada del muñequito que las rellenará.

Y el caso es que no me importarí­a a mí­ que me diera el dichoso sí­ndrome, aunque sólo fuera un poquito… porque las cosas como son. A mí­ las tareas del hogar no me han entusiasmado nunca. Las hago porque no me queda más remedio, pero si de normal me gustan poco, durante el embarazo pasan a ser tareas más que odiadas. Y sí­, en ocasiones estoy limpiando o recogiendo algo y veo otras cosas que habrí­a que hacer. Y me digo a mí­ misma”uy, esto necesita un buen repaso a fondo” o” a ver si me meto a ordenar este armario” pero en eso me quedo… debe ser que no termina de entrarme a fondo a mí­ el sí­ndrome este famoso…

Por lo que sí­ me suele dar en estas mañanas de limpieza es por pensar (una vez más) que deberí­amos tener a alguien aunque nada más fuera unas horitas a la semana para que nos quitara lo más gordo, lo que más pereza da siempre hacer, lo que se va quedando semana tras semana hasta que te armas de valor y te pones con ellos. Léase, ventanas, baldosas de cocina o baños, puertas, ese armario metálico de la terraza que llevo siglos diciendo que voy a limpiar a fondo fondí­simo… pero al tacañete de mi marido no hay quien lo convenza de gastarse el dinero en eso… y no me quejo, que las tareas de la casa las llevamos bien repartidas y él hace su parte sin protestar (o no más que yo, al menos) pero… pero sí­, ¡qué demonios! Claro que me quejo, que no me hace ninguna gracia tener que dedicar mi tiempo libre a limpiar y ordenar, con lo bien que estarí­a yo disfrutando por ahí­ con mi familia…

Ví­a

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