Dejar el trabajo; una reflexión

La vida sigue igual

Qué difí­cil es dejar un trabajo. Parecerí­a como si un trozo de nosotros se quedara en el puesto que abandonamos; laborar en un lugar hace que sintamos que una parte de la empresa es nuestra, siempre queremos creer que nada podrá ser igual sin nosotros.

No importa el nivel que tení­amos en la organización, tampoco importa tanto cuánto tiempo llevábamos ahí­, ni los planes que tengamos para después… Es más, ni siquiera importa que nosotros hayamos sido los que decidimos emigrar, ya sea por cambiar de aires o por ir a un puesto mejor en otra compañí­a o por un mejor sueldo; cuando un periodo de nuestra vida laboral termina, queremos que la empresa que dejamos no cambie, que se quede congelada en ese pasado que nos incluí­a, que dejen de existir. O bueno, que sin van a seguir adelante que al menos nos extrañen mucho, que valoren más lo que aportábamos.

Cuando decidimos que vamos a cambiar de chamba, es normal que no lo informemos a nuestros compañeros y superiores hasta que ya tenemos todo arreglado con nuestro próximo empleo. Después de la conmoción momentánea que causamos al dar la noticia, queremos que nos preparen una gran despedida. Pero no, jefes y colegas están más preocupados por cómo quedarán las cosas después de nuestra partida, y la comidita o el pastel que nos preparan generalmente nos sabe a poco.

Pasan las semanas, ya estamos en la empresa nueva y queremos saber todo lo que está pasando en nuestro anterior empleo. ¿Quién nos sustituyó?, ¿cómo les estará yendo?, ¿el nuevo habrá cometido muchos errores?, ¿me equivoqué con la decisión que tomé?… son preguntas que rondan nuestras cabecitas.

Sin embargo, con o sin nosotros, las cosas continuarán igual o hasta mejor. Claro, hay casos como Bill Gates, Carlos Slim o el mismo Lorenzo Zambrano, sin los cuales Microsoft, Telmex o Cemex, seguramente no serí­an la misma cosa. Ellos sí­, si se van ¡pobres de sus empresas!, probablemente sobrevivirí­an, pero no con el mismo éxito.

Así­ pues, el resto de los mortales, tenemos que acostumbrarnos a una realidad contundente del mundo laboral: nadie es indispensable. Unos son más escasos que otros, pero absolutamente nadie es irremplazable. Entonces nuestra generación que suele brincar tan rápidamente de un empleo a otro, tendrá que ir aprendiendo a que sin nosotros –como dice la canción–”la vida sigue igual”.

Ví­a

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